Mis muertos tristes | Nostálgica, abrumadora, pero muy buena, así es la serie de Netflix
Basada en cuatro cuentos de Mariana Enriquez, llega a la plataforma la serie de Pablo Larrain con Mercedes Morán y Dolores Fonzi
Mis muertos tristes es la nueva serie de Netflix que llega este 24 de septiembre a la plataforma con una ambiciosa propuesta que cruza el increíble talento y pulso del chileno Pablo Larraín con dos grandes actrices como Mercedes Morán y Dolores Fonzi, en los roles centrales. Además, está basada en cuatro cuentos de la aclamada escritora argentina Mariana Enriquez que se suma como productora ejecutiva. Y si le faltaba algún condimento, Stephen King ya estuvo hablando maravillas de la serie.
Emma, interpretada por Morán en un trabajo tan oscuro como profundo, encarna a una médica que acaba de jubilarse (en realidad "la jubilaron") y que tiene el talento (o la carga) de poder ver y conversar con los muertos. Sin embargo, en el último tiempo, además de lidiar su "poder", tiene que enfrentar el duelo por la pérdida de su trabajo y el fallecimiento de su madre. Este último, anecdótico para ella, claro, porque, por su cualidad, esa despedida solo fue un instante ya que seguirá en contacto constante.
Su hermana, Lidia (Alejandra Flechner), regresa de Estados Unidos con su familia: Tomás (Carlos Portaluppi), el marido, y la hija de ambos, Julie (Carolina Álvarez). Lo que aparenta ser un viaje para despedir a su madre, en realidad es para internar a su hija por los múltiples problemas de salud que van desde los psiquiátricos al sobrepeso, además de las interminables noches de gritos y gemidos que realiza la joven y que molesta a los vecinos en su casa en norteamérica. En palabras de Emma, el viaje es para que la atiendan en la salud pública argentina y no gastar el dinero de los costosos tratamientos en Estados Unidos, la tierra prometida. Este contrapunto, habla de la relación de estas hermanas que no se soportan una a la otra, pero también una manera de reflejar la realidad entre los argentinos.
A este cuadro se le suman dos personajes más: Carolina (Dolores Fonzi), la hija de Emma, una fotógrafa que parece no tener una vida del todo armada, y el barrio, Piedrabuena, que en el centro tiene un gran tanque de agua protagonista de varias de las historias que allí sucederán a lo largo de cuatro episodios.
No quiero profundizar en los sucesos de la miniserie, pero lo concreto es que Julie comparte el mismo “don” que Emma y se escapa de un neuropsiquiátrico donde sus padres la habían dejado para volver a Estados Unidos. La historia, con toda su complejidad, se centra en estos personajes, su contexto actual, el pasado familiar y sus relaciones.
En paralelo, el contexto presenta un mix de inseguridad, drogas, vecinos con miedo y una arquitectura con mucha personalidad, más los nuevos problemas del barrio: la zona comienza a ser afectada por agua contaminada que genera efectos muy particulares entre quienes la consumen y Emma quedará en el centro de la discusión.
Excelentes actuaciones, posiblemente lo mejor de la serie, que se van superando capítulo a capítulo. Lo de Morán y Flechner es superlativo, una con melancolía e intolerancia para cualquier problema que se presente y la otra en un spanglish que tapa la angustia, pero también las ganas de desentenderse de sus responsabilidades. También hay que destacar el gran trabajo de Álvarez, que en pocas pero intensas participaciones deja marcada a fuego la incomodida, pero también el deseo de ser querida, y el trabajo de Portaluppi como este marido siempre positivo, pero lleno de temor de la mirada de su esposa.
Desde la puesta en escena, hay que reconocer la decisión de filmar en Piedrabuena y en un barrio elegido por decenas de publicidades del exterior, fue acertada. Esa estructura de calles, casas y esa "piscina gigante" ubicada en la cima de una torre le da, para el relato, la fuerza necesaria para contar esta historia.
La fotografía, bastante opaca y en tonos de grises, puede llegar a acompañar a una propuesta general de la plataforma, quizá la elección que menos me gustó, pero que pasa a ser un detalle cuando el resto de los elementos funciona.
Sobre el tono, entre ácido y agresivo constante, más que nada en las charlas entre los miembros de esta familia, genera una incomodidad impresionante que contrasta con la paciencia que Emma habla con "sus" muertos. Por otro lado, se filtra el análisis del estado de las cosas en la Argentina 2026 que resulta más que pertinente, además de un excelente contrapunto con la idea de lo maravilloso y soñado que es vivir en Estados Unidos. Ese contrapunto entre ambas familia, resulta, por momento, exquisito.
Mis muertos tristes tiene todo para gustarle a Stephen King, hay que decirlo. Fantasmas que no se perciben como tal, escenas escalofriantes por su vacío y su abadono, y otras llenas de incomodidad, pero también con muy buenos personajes. Lograda adaptación de Larraín que vuelve a mostrar que siempre tiene una perspectiva particular y que le agrada molestar (y que bien que lo hace).
Mis muertos tristes ya está disponible en Netflix.