Mientras los Grammy 2026 celebraban el dominio histórico de Kendrick Lamar, Nicki Minaj convirtió la noche en un campo de batalla digital. Desde su cuenta en X, la rapera lanzó una serie de publicaciones incendiarias que apuntaron directamente contra Jay-Z, desatando una de las controversias más graves y desconcertantes que ha vivido el hip-hop en años recientes.
El eje central de sus mensajes fueron acusaciones de conducta inapropiada con menores. Minaj afirmó que Jay-Z sostuvo relaciones con Foxy Brown cuando ella tenía 15 años, con Aaliyah cuando aún era menor de edad y que conoció a Beyoncé siendo adolescente, sugiriendo un patrón de abuso de poder dentro de la industria. Aunque varias de estas afirmaciones contradicen versiones públicas previas, el impacto no estuvo en la veracidad comprobada, sino en la crudeza con la que fueron expuestas.
La polémica escaló aún más cuando Nicki introdujo una narrativa conspirativa. En sus tuits, acusó a figuras de la élite musical —implícitamente Jay-Z— de participar en rituales satánicos y “sacrificios de niños” para conservar poder e influencia. Estas declaraciones, sin evidencia, marcaron un quiebre: el conflicto dejó de ser una disputa personal para convertirse en un ataque frontal contra toda la estructura simbólica del negocio musical.
Detrás del estallido también hay un componente económico. Minaj aseguró que está reteniendo el lanzamiento de su próximo álbum hasta renegociar contratos, alegando sabotaje industrial y mencionando incluso una supuesta investigación RICO relacionada con Billboard. El mensaje es claro: la ofensiva pública ocurre en un momento de tensión comercial crítica para su carrera.
Hasta ahora, Jay-Z y Roc Nation han optado por el silencio. Pero el daño ya está hecho. Más allá de si las acusaciones se sostienen o no, Nicki Minaj logró instalar una narrativa peligrosa: la idea de que el éxito en la cima de la industria está ligado a abusos, pactos oscuros y manipulación sistemática.