Películas

Crítica

La adaptación de La empleada pierde su esencia al centrarse demasiado en el espectáculo.

Paul Feig comete un error al evitar la simplicidad que hizo del libro un fenómeno.

02.01.2026, a las 15H53.

El nombre de Paul Feig para ser el director elegido para llevar la historia de La Empleada a la gran pantalla no fue por casualidad. Famoso por explorar narrativas femeninas en el cine, el cineasta tiene entre sus principales aciertos producciones enfocadas en comedias - con la excepción de Un Pequeño Favor, un thriller seductor cuyo éxito fue tal que obtuvo una secuela años después. Este acierto, de hecho, es lo que parece haber sido el espejo de Feig para idear su visión del libro de Freida McFadden, un best-seller que se convirtió en fenómeno mundial por ser un thriller lleno de giros inesperados.

El problema es que Feig parece haber visto en la adaptación del libro de McFadden una oportunidad de hacer una especie de Un Pequeño Favor 3 espiritual. Después de todo, la trama tiene romance, tiene suspense, tiene muertes misteriosas y una buena dosis de empoderamiento femenino. Pero el director parece olvidar que La Empleada triunfa en las sutilezas, en las pistas no dichas y dejadas en píldoras por la autora para hacer que el lector devore su obra con un hambre abismal. McFadden desarrolla la jornada de las protagonistas Millie y Nina con la confianza de quien sabe del poder de su historia, y la prisa con la que Feig intenta llegar al clímax de la trama - y los cambios que hace en ella - casi lo arruina todo.

La trama base del libro y la película es prácticamente la misma. La joven Millie (Sydney Sweeney) es contratada por la adinerada Nina Winchester (Amanda Seyfried) para ser su nueva empleada. A primera vista, ella es la jefa de ensueños, pero Millie pronto se da cuenta de que su jefa no es quien parecía ser, y su vida se convierte en un verdadero infierno. Su único consuelo viene de Andrew (Brandon Sklenar), esposo de Nina y el único que parece ser “normal” en la casa de los Winchester. Dar más detalles es dar spoilers del libro, pero basta esta breve sinopsis para entender que la historia de Freida McFadden tiene más capas de lo que siempre aparentó tener.

La caída de la versión de Feig comienza cuando el propio director parece no entender que, en el libro original, el secreto está en lo simple. McFadden toma su tiempo para crear un escenario donde Millie parece llegar a su límite en su vida como empleada de los Winchesters, y la construcción de Nina en una versión del Dr. Jekyll y Mr. Hyde del suburbio norteamericano es parte esencial tanto del viaje de Millie como del de Andrew. Sin embargo, el director parece no tener confianza en los giros de La Empleada. Consciente de haber elegido a dos de los mayores sex symbols de Hollywood actualmente, Feig no resiste invertir en el sexo y usa los cuerpos desnudos de sus actores para justificar una atracción que debería ser natural, y no basada meramente en lo carnal.

La “prisa” en resolver la cuestión del triángulo amoroso parece justificada solo por el espectáculo del deseo, como si el espectador solo estuviera en el cine para ver a dos bellos actores tocándose sin ropa. Con esto, algunos de los acontecimientos del libro importantes para el conflicto entre Millie y Nina se dejan de lado. Este error se hace evidente porque, una vez que este triángulo se oficializa, ocurre el primer gran giro y todo lo demás pasa a un segundo plano.

El segundo y mayor problema de esta apuesta por el espectáculo se hace evidente en el tercer acto de la adaptación. Feig parece realmente no creer en la fuerza del suspense de La Empleada, que en el libro no necesita de acción alguna para dejar al lector sin aliento. La opción elegida por el director es recrear todo el clímax de las historias de Millie y Nina, y la potencia del thriller creado por McFadden da paso a una secuencia de persecución insípida y que parece sacada de una telenovela mexicana de calidad cuestionable.
 
En el aparente intento de fortalecer las narrativas femeninas en la historia de La Empleada, Feig estrangula la historia original y disminuye la fuerza de lo que podría ser un excelente thriller. Quien más paga el precio por estos errores es Enzo (Michelle Morrone) - si en el libro el jardinero ya servía solo como apoyo moral de las protagonistas, en la película ni para eso sirve. La suerte de todos es que la fuerza de los giros de La Empleada es lo suficientemente grande como para no arruinar la experiencia por completo, pero queda la esperanza de que Paul Feig nunca tenga el deseo de continuar con la franquicia en el cine.

Nota del Crítico
Regular