La más reciente película de Sam Raimi, quien regresa al terror tras su paso por el Universo Cinematográfico de Marvel con Doctor Strange: En el multiverso de la locura, logra transmitir esa sensación de incomodidad que surge cuando te quedas atrapado en un elevador únicamente con tu jefe, alguien que apenas sabe tu nombre, mientras ambos esperan llegar a su destino. Solo que aquí esa incomodidad se multiplica por tres bajo la idea de estar varados en una isla desierta tras un accidente de avión.
Rachel McAdams interpreta a Linda Liddle, trabajadora del área de planeación y logística, un puesto al que le ha dedicado casi diez años de su vida laboral. A pesar de ello, el dueño de la empresa decide ascender a un amigo suyo que no lleva ni un año en la compañía. Cuando ocurre el accidente aéreo en el que solo sobreviven Linda y su jefe Bradley Preston, el cambio de roles se hace evidente: ahora Linda queda a cargo de lo que mejor sabe hacer, planeación y logística, en un escenario que además domina gracias a su afición por los realities de supervivencia.
Es ahí donde Sam Raimi desata el verdadero infierno para Bradley dentro del paraíso de Linda. Y tratándose del director del clásico de culto Evil Dead, el terror se fusiona con el humor negro, dejando resultados que solo Raimi podría conseguir. Esto se potencia gracias a la actuación de Dylan O’Brien, quien en muchas escenas recuerda inevitablemente al Bruce Campbell del clásico de 1981.
Más allá de la anécdota del intercambio de poder entre jefe y empleada, la película aborda, consciente o inconscientemente, las dinámicas de poder en el mundo moderno. Raimi propone un ejercicio psicológico que remite a El señor de las moscas o al Experimento de la cárcel de Stanford, enfrentando a dos personajes imperfectos —uno más que el otro— y explorando hasta dónde son capaces de llegar con tal de escapar o, en algunos casos, prolongar su estancia en la isla.
Lamentablemente, hay un aspecto que me desconectó por completo de la película y cuyas razones desconozco: el tratamiento del audio en las escenas de playa. En ellas casi no se escucha el sonido de las olas chocando contra la arena; simplemente no está. Por momentos, da la impresión de que todo ocurre dentro de un estudio de doblaje, lo cual rompe con lo gratificante que debería ser ver una historia como esta rodada en locación, y no dentro de una esfera que proyecta imágenes en 16K.