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Películas
Crítica

Más amargo que ácido, El Conde iguala vampirismo y autoritarismo

A Pablo Larraín le preocupa más la purga de demonios que la sátira

Omelete
4 min de lectura
22.02.2024, a las 13H25.
Actualizado en 02.05.2024, a las 15H13
Escena de El Conde (Reproducción)

Créditos da imagem: Escena de El Conde (Reproducción)

Hay un toque desafiante en el texto de Guillermo Calderón y Pablo Larraín para El Conde - no tanto en la forma en que presenta al ex dictador chileno Augusto Pinochet (Jaime Vadell) como un vampiro bicentenario ansioso por morir, sino en la manera en que hace que cada miembro de su familia confiese sus crímenes sin ningún remordimiento ante la contadora Carmencita (Paula Luchsinger), contratada para evaluar el patrimonio de los Pinochet antes de la muerte del patriarca. Creyendo que se encuentran frente a una de las muchas seguidoras del régimen autoritario, que persistieron en la escena política chilena mucho después de la deposición del general, los herederos detallan en diálogos expositivos las docenas de cuentas en paraísos fiscales de su padre, los sobornos recibidos y las trampas realizadas con empresas públicas, confiando plenamente en la perpetuación del reino de impunidad en el que vivieron durante décadas.

Y El Conde sabe muy bien que no están equivocados en esa confianza. Aunque Carmencita secretamente es una monja enviada por la Iglesia Católica para recopilar un informe de los crímenes de los Pinochet como material de chantaje, la película eventualmente la muestra seducida por el llamado de poder que emana del ex dictador, yendo a la cama con él y convirtiéndose también en una vampira. Es la forma enérgicamente irónica que Larraín y Calderón encuentran para condenar el papel de liderazgo que los llamados demócratas cristianos tuvieron en la redemocratización de Chile, al bloquear múltiples intentos de condena judicial contra la familia Pinochet en nombre de una apariencia de consenso que, en la práctica, dejó impunes los crímenes cometidos por la dictadura y permitió que el apoyo a esta permaneciera fuerte en el país.

Por eso, aunque haya sido definido (incluso por Netflix, en la sinopsis de la película disponible en la plataforma) como sátira, El Conde usa poco el humor y la acidez como forma de minimizar o señalar lo absurdo de las personas y situaciones sobre las que comenta. Lo que emerge de la literalidad de los diálogos de los Pinochet con Carmencita, en cambio, es un thriller amargo impulsado principalmente por una visión clara del vampirismo sistémico que define las instituciones corruptas de la contemporaneidad. Larraín muestra, a través de su general-dictador que vivió mucho más allá de su tiempo y de aquellos que lo apoyan, que la perversidad del poder autoritario atraviesa las eras y sobrevive, aunque decrépito, aislado en alguna mansión que se desmorona, al surgimiento y derrocamiento de regímenes políticos.

Estéticamente, por otro lado, El Conde se encuentra en otra disonancia: aunque la trama lo acerca al horror, el trabajo de Larraín y del director de fotografía Edward Lachman (nominado al Oscar 2024 por su trabajo) se parece más al cine mudo que a ejemplares del género. Optando por un blanco y negro de bajo contraste, Lachman hace maravillas con la dirección de arte mordaz de Rodrigo Bazaes (Noticia de un Secuestro) y con la actuación maravillosamente física del protagonista Jaime Vadell, que sugieren la megalomanía decadente y polvorienta de Cecil B. DeMille y D.W. Griffith, pero también el enfoque casi aerodinámico de las representaciones de Buster Keaton. Y no es ninguna coincidencia que, con su cabello corto y rasgos beatíficos, Paula Luchsinger recuerde tanto el semblante sufrido de Maria Falconetti en el clásico mudo El Martirio de Juana de Arco (1928).

Resulta curioso pensar en El Conde, por último, dentro del continuo de la carrera de Larraín. Conocido en Chile por dramas sociales que escarban en los sótanos de la historia reciente violenta del país, el cineasta llegó a Hollywood con dos biografías cinematográficas que -no por casualidad- retratan los pasillos del poder como escenarios de opresión militar. Jackie y Spencer (con el cual, además, El Conde comparte un elenco especialmente significativo) adoptan vicios de lenguaje del documental y del cine de guerra para retratar mujeres que se ven incómodamente insertadas en la narrativa imparable del poder, piedras incrustadas en medio de engranajes que nunca dejan de girar.

En El Conde, Larraín sigue atormentado por este nexo ineludible, aunque se centra mucho más en los monstruos eternos que solo quieren perpetuarlo, triturando los corazones desprevenidos de los simples mortales.

Nota del Crítico

Magnífico

O Conde

El Conde

2023
110 min
País: Chile
Direção: Pablo Larraín
Roteiro: Pablo Larraín, Guillermo Calderón
Elenco: Stella Gonet, Paula Luchsinger, Jaime Vadell, Alfredo Castro, Gloria Münchmeyer
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